Juan CUADRADO RUIZ


CUADRADO RUIZ, Juan (Vera, 1886 - Almería, 1952). Arqueólogo y primer director del Museo Provincial.


      Miembro de una acomodada familia veratense, su padre era registrador de la propiedad. Estudió bachillerato en un colegio jesuita de Valencia, donde se aficionó al dibujo, los toros y al cine. A su vuelta, cargado de inquietudes culturales y dedicado a polifacéticas actividades, pronto entró en contacto con Luis Siret, con el que colaboró en sus últimos trabajos arqueológicos (por ejemplo, en Villaricos), acompañándole en numerosas visitas por los yacimientos de la provincia, aunque no deba ser tenido por un verdadero alumno, pues el arqueólogo belga no dejó escuela.

      Cultivó el periodismo radiofónico y el cine. En el primer campo hay que recordar que fue uno de los fundadores de Radio Almería (1934), en la que participó regularmente con sus comentarios taurinos que ya había practicado en el periódico valenciano Las Provincias. En el segundo, Tapia revela la realización de varios documentales (Almería y sus uvas, Pueblos de Almería y El pueblo del monte sagrado), a los que habría de añadir el reportaje que se realizó sobre la Cueva de los Murciélagos de Albuñol a inicios de los cuarenta. Como político llegó a ser alcalde de Vera durante el Directorio (1924-26), único cargo político que ocupó, pasando de ser militante de la Unión Patriótica a simpatizar, más tarde, con la CEDA.

      Su gran obra fue el Museo Arqueológico Provincial, del que fue nombrado director (28-III-1933) a instancias del gran arqueólogo belga, al que le unía una sincera amistad y verdadera admiración, como tuvo ocasión de mostrar a su muerte dedicándole un sentido homenaje («Muerte de un hispanófilo ilustre», El Censor, 1934). En los años treinta excavó algunos yacimientos murcianos de la zona de Lorca y Totana, con lo que obtuvo una importante colección de piezas arqueológicas. Refugiado en Totana, de donde procedía su familia política, durante la contienda civil, intentó crear un museo arqueológico atesorando objetos que habían sido expropiados a diversos coleccionistas locales. Además, consiguió autorización para practicar excavaciones arqueológicas en la rambla de Lébor empleando a reclusos del campo de concentración de la población, lo que le agravaría algunos de sus problemas en la posguerra.

      No están claras las causas por las que una aparente falta administrativa (la demora en el inventario de las piezas existentes en el denominado Museo Arqueológico y de Bellas Artes Provincial) degeneró en un delito instruido por el juzgado militar acabando con el cierre de la institución en 1944 y el sorprendente ingreso en prisión. Sin embargo, la rápida y enérgica intervención de Julio Martínez Santa-Olalla (1905– 1972), por entonces director de la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas, responsable del importante Seminario de Historia Primitiva del Hombre y una persona de gran influencia política, supuso el sobreseimiento de la causa, la reintegración a sus funciones y, lo que fue más importante, el decidido apoyo a una labor que ya no fue cuestionada. De esta manera, pudo publicar el primer inventario del Museo (Una visita al Museo Arqueológico Provincial de Almería. Avance al catálogo definitivo de sus fondos y colecciones, Almería, 1949), guía que puso en evidencia que la mayor parte de las piezas exhibidas eran de su propiedad, por lo que la Diputación hubo de adquirirlas tras un complicado proceso de negociación, abierto con su muerte.

      Además de Comisario Provincial de Excavaciones (1941) y asesor del Ministerio de Educación Nacional en el Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico, participó activamente en los Congresos Arqueológicos del sudeste Español, en especial, en la V edición celebrada en Almería en 1949, que constituyó el I Congreso Nacional de Arqueología y donde se rindió homenaje a Góngora y Siret.

      Aficionado a la arqueología, más que concienzudo profesional, curioso e inquieto, el carácter divulgativo -casi periodístico- de su trabajo lo convirtió en un verdadero publicista (realmente el único) de la arqueología almeriense de la posguerra. Falto de rigor y método, digresivo e intuitivo, siempre efusivo e imaginativo, buen narrador y mejor tertuliano, Cuadrado excitó el interés romántico de los jóvenes intelectuales de la posguerra por la prehistoria local siendo uno de los creadores del “Indalo” como símbolo provincial. A partir de la visita que giró a la cueva de Los Letreros de Vélez Blanco (1950) buscando infructuosamente el mítico “arquero” prehistórico, antecedente del “muñeco” mojaquero, consiguió, además, interesar a la Diputación Provincial en su protección (1953).

      Como profesor de dibujo en la Escuela de Artes y Oficios de Almería, fue maestro de Cantón Checa, Alcaraz y otros jóvenes pintores integrados desde sus inicios en el movimiento indaliano. Constante animador del grupo, tomó parte en su presentación oficial exponiendo alguno de sus paisajes al óleo en el Museo de Arte Moderno de Madrid (1947). Dibujante de fina sensibilidad, como lo definiera Perceval, destacó por sus ambientaciones costumbristas (por ejemplo, en las portadas de los libros de Álvarez de Sotomayor), aunque fueron más famosos sus retratos a plumilla de los que realizó alguna exposición en Barcelona y Valencia.

      Como investigador publicó diversos trabajos de arqueología en los que dio a conocer estudios muy puntuales: “Sobre el hallazgo arqueológico de Pulpí”, La Crónica Meridional, 1928; “El yacimiento eneolítico de Los Blanquizares de Lébor en la provincia de Murcia”, Archivo Español de Arqueología VII, 1930; “Almizaraque, la más antigua explotación de la plata en España”, II Congreso Arqueológico del Sudeste, 1947; y “Algunos yacimientos prehistóricos de la zona Totana-Lorca”, II Congreso Arqueológico del Sudeste, 1949. Sus hallazgos dispersos fueron publicados en el Noticiario Arqueológico Hispánico (1952 y 1953). Quizá el trabajo más personal fue “Un Glozel espagnol: Les falsifications d’objets prehistoriques à Totana”, en colaboración con Vayson de Pradenae, Bulletin de la Societé Prehistorique Française, 1931; traducido luego en el Boletín Arqueológico del Sudeste, en el que defiende de una manera muy amena y distendida el valor creativo de las falsificaciones y no disimula su simpatía por estos inopinados artistas primitivos. Casi todos sus trabajos fueron recopilados en los libros Apuntes de Arqueología Almeriense (1977) y De Arqueología y otras cosas (1986).





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