Abú Muhámmad Abdállah  IBN UBAYDÁLLAH


IBN UBAYDÁLLAH, Abú Muhámmad Abdállah (Canjáyar, 1112 - Ceuta, 1195). Tradicionista, imam y maestro.


Nació en Canjáyar en junio de 1112, en el seno de una familia árabe de origen tribal himyarí, a juzgar por sus gentilicios de al-Hachri y ar-Ruayni. No obstante, el nasab o apellido procedente del nombre de uno de sus antepasados lejanos, Di n-Nun, nos hace pensar que también pudiera tener un origen bereber y estuviera emparentado con los gobernadores bereberes de Toledo, por ser también está la ciudad de la que procedía su familia. En ese caso, lo más probable es que los dos gentilicios árabes himyaríes antes mencionados los hubiera obtenido por lazos de clientela.

Pronto se trasladó a Almería, ciudad en la que inició su formación, que completó en otros importantes centros culturales, de los que nos consta Granada, Córdoba y Sevilla. Tras su regreso a Almería, convertido ya en un afamado tradicionista y maestro, fue puesto al frente de la Aljama como imam y predicador. Se le ofreció también ser cadí, pero él rehusó.

En la cruzada de 1147 contra Almería, sabemos que Ibn Ubaydállah perdió sus libros en el saqueo y que hubo de emprender el exilio, dirigiéndose primero a Murcia. Allí le ofrecieron varios cargos, que no quiso aceptar, pues prefirió llevar una vida ascética y contemplativa, lo que hizo que atravesara ciertas dificultades económicas. Se trasladó después a Málaga, donde decidió dedicarse a la enseñanza del Corán, el hadiz, la lengua árabe, el léxico y el derecho.

Debío de pasar temporadas en su Canjáyar natal, pues allí consta que algunos de sus discípulos estudiaron con él.

Más tarde cruzó el mar hacia Ceuta y prosiguió hasta Fez, ciudad en la que estuvo enseñando durante una temporada para, finalmente, volver y establecerse ya prácticamente de forma definitiva en la ciudad de Ceuta. Allí alcanzó una gran fama por su piedad, imparcialidad y otras muchas virtudes, así como por su erudición en hadiz y la precisión que tenía en sus amplios conocimientos. Muchos fueron quienes se acercaron a Ceuta o aprovecharon su paso por la ciudad para escuchar sus lecciones. Según se dice, estuvo enseñando durante casi treinta años y se le comparó con otras grandes figuras de la época, como el cordobés Ibn Bashkuwal y el sevillano Ibn Jayr.

En el año 1184, al ser proclamado califa Yaaqub al-Mansur, Ibn Ubaydállah fue uno de los encargados de redactar el reconocimiento de los ceutíes hacia el nuevo sultán almohade. Esto debió de coadyuvar a que disfrutara aún de mayor respeto por parte del califa que, años más tarde lo invitó a Marraquech para que formara parte de su asamblea y para que enseñara hadiz en la Aljama de la capital. A cambio, en pago por sus servicios, el califa lo agasajó con dinero, vivienda y ropas de calidad. Nada de ello, sin embargo, logró retener a Ibn Ubaydállah en la corte pues, una vez se despojó de tales riquezas, las cuales donó a los más necesitados, pidió permiso para abandonar la capital y volver a Ceuta, alegando vejez y enfermedad, permiso que le fue concedido.

Los ceutíes lo veneraban, hasta el punto de que hacían lo posible por procurarse sus bendiciones: solían llevarle a los niños para que les pasara la mano por la cabeza, o pasaban al muerto por delante de su casa, donde rezaban y le pedían su bendición antes de enterrarlo. Tampoco viajaba nadie sin pasar por su casa para que lo bendijera. Se cuenta que en Ceuta sí que llegó a ejercer de cadí, aunque solo por un día, pero era tanta su autoridad que en los procesos judiciales las dos partes litigantes solían aceptar sin reproches su dictamen e irse hermanados.

Según se cuenta, algunos años antes de morir tuvo un sueño según el cual su fallecimiento tendría lugar en el mes de muhárram, el primero del año islámico, por lo que cada principio de año solía prepararse para ello. Todo apunta a que, finalmente, falleció el 15 de enero de 1195, a principios del mes de sáfar, el que sigue a muhárram, cuando tenía 82 años. Se cuenta que en el momento de su muerte tuvieron lugar algunos milagros, como que, nada más poner sus restos en la tumba, cayó una fuerte tromba de agua que terminó con una grave sequía que llevaba tiempo afectando a los ceutíes. Sus restos fueron inhumados en el cementerio sito en el monte Almina, en un lugar llamado al-Manara (“el Faro”).

Dejó escrita una obra en la que relacionaba los libros que estudió y transmitió (Fahrasa). Consta que fueron muchísimos sus discípulos.

Tuvo, al menos, un hermano, que respondía al nombre de Abú l-Hasan Ali. Era mayor que él, también nacido en Canjáyar y se dedicó igualmente al estudio y enseñanza del hadiz.





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