Julio Alfredo EGEA RECHE


EGEA RECHE, Julio Alfredo (Chirivel - Almería, 1926 - Granada, 2018). Poeta, narrador y articulista.


Hijo de María Ramona Reche Egea y Genaro Egea Reche.
Representante de la Generación del 50, su obra poética aparece recogida en más de una docena de libros y diferentes antologías. Su discurso narrativo ha visto la luz en libros de memorias, antologías y relatos.
Integrante de una generación en la que dejó huella la incivil guerra del 36, la niñez de Julio Alfredo estuvo acompañada de paisajes llenos de claroscuros. Una época –la postguerra-, llena de sinrazones y abismos, y abierta, al mismo tiempo, a la reflexión y a la esperanza. Sus escritos beben de un poso de libertades, desde una verdad ética y una reflexión humanística. Licenciado en Derecho por la Universidad de Granada, aunque nunca ejerció esta profesión, esta faceta se suma a una visión personal del mundo desde el encuentro con la verdad y la justicia.

Académico correspondiente de la Academia de Buenas Letras de Granada, su vida y su obra hablan de un gran compromiso con la sociedad y la cultura. En el año 1946, siendo Julio Alfredo Egea redactor jefe de la revista ‘Sendas’, se publicó, en el número cuatro, un monográfico dedicado a Federico García Lorca, el primer homenaje escrito que se hizo al poeta asesinado después de la guerra.
Los profesores Arturo Medina y Juan José Ceba prologaron, respectivamente, sendas Antologías Poéticas, “1953-73” (1975) y “1973-1988” (1989). La primera de ellas contiene los libros:

“Ancla enamorada” (1956), donde se interna la marginalidad y el fantasma de la incivil guerra fratricida. Y un ofrecimiento: “Todos estáis citados en mi casa/, en el número 4 de esta calle/. Vamos a hablar de rosas y de sangre/. Os pediré a la entrada/ pasaporte de aroma y de latido./ Traeros el corazón, es necesario./ Nos sentaremos junto a la ventana:/ Una calle de tierra estremecida/ y los hombres que pasan”.

“La calle” (1960), traduce la necesidad de encuentro, el desvalimiento: “El hombre, inútilmente/, pretende verse a solas con su muerte/. Y tira de una vida/ con una hebra de estambre algunas veces/ y otras recobra vidas que abren ríos/ con las arterias firme/. Entonces es un dios con bata blanca/ que busca soledades/ para morir un poco”.


“Museo” (1962), realiza un recorrido por las salas de la existencia: “La vida son manzanas/ coronadas de trino/, bebiendo el corazón dulce del árbol”.


“Valle de todos” (1963), tras la larga postguerra: “Los nuestros, los amigos;/ el que llegó del balón al fusil/ sin pasar por los besos de una muchacha;/ el que acicalaba sus manos artesanas/ esperando la hora del amor,/ y el que temblaba al coger un pájaro herido/ pensando que era el mundo agonizándole en los dedos”.

“Piel de toro” (1965), contiene la comunión de las almas, los exilios exteriores e internos: “palpita en este asfalto/ un pulso de ciudades/ en espera, de tierras/ con la espiga menguada;/ de hombres que se despiden/ de España, en esta plaza/ y que arrugan con rabia/ el pasaporte, y sueñan/ primaveras cumplidas”. “Repítenos la aurora sin cansarte” (1971): la esperanza ante la soledad y el infortunio: “Es inmensa la noria de la vida,/ es inmensa y mantendrá su ritmo,/ el vigente engranaje”.  

“Desventurada vida y muerte de María Sánchez” (1973), se interna por la dureza de la prostitución, la soledad: “El sol no la conoce,/ ella es noche en la noche,/ ella siega el gemido sin darse cuenta y baila/ como un río desbordado”.
La segunda Antología, “1973-1988” (1989), incluye las obras:

“Cartas y Noticias” (1973), legado epistolar, en “Carta urgente a Rubén Darío”: “Un águila de gracia hilvane tu palabra/ y este idioma de amor se esparza como un humo/ fraternal, tapizando/ las heridas del mundo,/ rompiendo para siempre agónicos silencios,/ levantando la fruta/ incorrupta, dulcísima,/ del corazón de España”.

“Bloque Quinto”, la deshumanización de las grandes ciudades, el cosmopolitismo devastador de las conciencias (1977): “No puedo/ encontrar la salida./ De pronto, como llama/ de candil, levemente/ brota el verso y me salvo/ de morir asfixiado/ dentro de una batalla/ de altavoces”.
“Sala de espera” (1983), preámbulo del adiós que un día ha de ser definitivo: “Un as de amor decide la partida./ Siento la eternidad de haber perdido”.

“Los regresos” (1985), texto ataviado de fina ironía, de sutil humor, factores tan característicos en la expresión poética de Julio Alfredo Egea: “Triunfarán las espigas/ sus alfileres de oro morderán la solapa del presidente/ electo, entrarán como lluvia/ por los angostos bronquios del night club/ e inyectarán savia de enebro/ a los hombres malva”.

Y su poemario, “Arqueología del trino” (1987): “La espera/ es vigilia de parto; levedad de pestañas/ empuja a los satélites/ lentamente./ Desatan bandadas de libélulas/ un cinturón de brisa, la desnudez del día”.

Posteriormente, vio la luz un magnífico libro, “Los asombros” (1997),   combinación de verso y prosa: “La libertad dijeron que era un nardo/ que se quedó en jazmín, o era una estrella/ que intentó hacerse pájaro/ frente al dictado azul de la galaxia”.

El camino de juventud, destacando el constante descubrimiento, la actitud del poeta ante la vida, el desbordamiento de amor a la familia, al prójimo, a la esencia de Dios. Existe, indudablemente, en sus reflexiones, una inmensa ternura hacia el mundo circundante, donde el hombre es profundo referente de vivencias y conocimiento. Hay una panorámica abierta hacia el paisaje almeriense, el descubrimiento de la naturaleza, el equilibrio de sus acotaciones, el deslumbramiento ante los hallazgos. Los asombros sentidos, vividos y permanentes.

La memoria poética, alzada hacia un sentimiento universal. La historia del hombre que mantiene intacta su capacidad de conocimiento, el pasado, el presente emocional, las vivencias. Todo ello queda contenido y anunciado en “Voz en clausura. Antología de sonetos”, editada en 1992 en la colección Alhucema. Y la esperanza ante un futuro en el que domina la máquina y que en su poemario “Fábula de un tiempo nuevo” (2003), Premio de Poesía “José Hierro”, se refleja como realidad escrutadora. Es el discurso, la ironía, la lucha por la existencia, tiempo de clonaciones, de dominio de la máquina frente al hombre, la paradoja del progreso, la necesidad del salvar el remanso de la naturaleza, en medio de confusiones mediáticas, de tiempos deshumanizados: “He anclado en la nostalgia/. Voy a salir de nuevo hasta llegar al Parque./ Necesito saber si florecen las rosas”.

Dos libros más, coetáneos en el tiempo, se suman a esta esencial singladura: “Desde Alborán navego” (2003), finalista del Premio de Poesía “Rafael Morales”. Poesía colmada de esencial humanismo, de esos silencios necesarios para hallar y plasmar su significado en el más alto grado de expresión. En solidaridad con los pueblos del mundo: “Así quiero mis voces interiores,/ proletarias, capaces/ tal vez de convocar naves perdidas...”. Un faro latente de luz para el caminante, para la voz mediterránea. La metáfora del ser humano que desemboca en la creación, en una navegación con rumbo a la esperanza, con el alma llena de horizontes para vencer a las sombras. Una brújula orientada, permanentemente, al encuentro con la vida.

El poemario “El vuelo y las estancias” (2003), fue editado por el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria. Poesía intimista, de recuerdos y presencias, de amplias estancias iluminadas. Sensibilidad y hondura, “ese viento de fuga que cumplía libertades de pájaro”. Sombras en vuelo permanente para un tiempo necesario, de ofrendas, de realidades, lleno de nostalgia. Porque el poeta sabe de ausencias y de la “soledad en el vino y la palabra”.

El paso del tiempo no aflige al poeta en tanto en cuanto ha vivido y ha tenido acceso al conocimiento, al convertirse en privilegiado observador de la realidad. Y lleva adelante el proceso a través del preciso dominio del verbo, de la palabra, que fluye en armonía hasta alcanzar elevadas cotas. Se trata de un amplio tapiz que recoge la evocación de los sentidos, la intensa búsqueda de un proceso de comunicación, amplio vuelo de luz, musicalidad interna en cada verso que nos acerca a un intenso proceso de reflexión. Es la capacidad de emocionarnos ante estrofas modeladas con la arcilla de un tiempo que se nutre de las horas y del trabajo cotidiano. Es esa existencia del dolor humano, del pasado y la memoria que nacen de una mirada limpia, transparente, diáfana, tremendamente lúcida y llena de signos.

La palabra de Julio Alfredo Egea se interna por la intrahistoria de los días, culminando puertos, adonde llega revestido de imágenes y sentimientos. El aliento humano es el motor del mundo y mueve el pulso de la existencia. Se trata de un recorrido espiritual donde se hace presente el paso del tiempo, con sus contraseñas de identidad, con sus claroscuros anímicos, y, de cualquier forma, donde existe un espacio para vivir y para soñar. Y de telón de fondo, el eterno y necesario tema amoroso, como dijo el propio Julio Alfredo, en una entrevista concedida al escritor y crítico Pedro M. Domene, “Sólo el amor debería mover el mundo, ser eje, principio y fin de todo”. El amor a Dios, a la familia, a la naturaleza, en sus libros “Puesto de alba y quince historias de caza” (1996), o “Alrededores de la Sabina” (1997), el árbol milenario, orgullo de la comarca de los Vélez. Un árbol junto al que el poeta creció, tan leve a su lado la existencia del ser humano.

También contemplamos el gran amor a los niños, en su obra “Nana para dormir muñecas” (1965), poesía, texto ilustrado por el acuarelista Enrique Durán. Su cuidada prosa, en “Plazas para el recuerdo” (1984) o “La rambla” (1986), “El sueño y los caminos” (1990), “Mi tierra, mi gente” (1993), que dan testimonio de vida, de la esencialidad de un recorrido íntimo, del placer de existir.  También desde una visión de la muerte, último destino del hombre.

La poesía de Julio Alfredo Egea aparece también recogida en “Asombros traducidos” (2003), CD editado por la revista literaria granadina “Ficciones”, bajo la dirección de Pedro Enríquez, y en el volumen “Tríptico del humano transitar”, editado en el año 2004 por el Instituto de Estudios Almerienses, que contenía sus textos de tema sociológico: “La calle”, “Desventurada vida y muerte de María Sánchez” y “Bloque Quinto”, un constante viaje encaminado hacia la belleza. Y lo logra a través de una fuerte carga expresiva, llena de resonancias y crucial humanismo. Imágenes y símbolos dan lugar a magníficos poemas que orientan sus raíces en la mística del silencio y mueven hacia la constante reflexión.

Se une a todo ello la aparición de las Obras Completas de poesía y narrativa, editadas por el IEA entre los años 2010 y 2013, coordinadas por José Domingo Lentisco Puche, que contiene una nota autobiográfica de Julio Alfredo Egea y un Estudio preliminar de Francisco Jiménez Martínez, autor de la tesis doctoral “La introducción a la poesía de Julio Alfredo Egea (1976-2002)”. También en el año 2010 ve la luz el DVD “El asombro del día a día”, editado por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, dentro de la colección ‘Imágenes de las Letras’. Una exacta evocación de los sentidos, que contiene sabias reflexiones.

Muchos han sido los reconocimientos recibidos en vida por Julio Alfredo Egea a través de los años. Tas las reuniones de los órganos consultivos del Instituto de Estudios Almerienses, Consejo Asesor y Concejo Editorial, celebradas el 24 de enero de 2017, se acordó conceder el Escudo de Honor del Instituto de Estudios Almerienses al poeta y escritor decano de los poetas almerienses, con una valorada y premiada carrera literaria, reconocida por las instituciones de ámbito provincial y nacional. La sede del Instituto de Estudios Almerienses se encuentra ubicada en la Plaza Julio Alfredo Egea de la capital. Igualmente lleva su nombre la Biblioteca Pública de Chirivel. También llevan su nombre una plaza ubicada en Roquetas de Mar y una calle de Vélez Rubio. En 2017, fue editado en el IEA el libro “Poeta Julio Alfredo Egea”, coordinado por el profesor y fotógrafo Rodrigo Valero, que contiene el reconocimiento de cuarenta y cuatro escritores y artistas del ámbito provincial y nacional. Ese mismo año vio la luz el libro “Semblanza de Julio Alfredo Egea (Con la Alhambra al fondo) del escritor Francisco Gil Craviotto, editado en Almería por Letra Impar, que recoge diferentes artículos dedicados al poeta de Chirivel por parte de escritores granadinos.

Entre los muchos reconocimientos, en 1969 se le impuso el Indalo de Oro en la Tertulia Indaliana, que recibió de manos del pintor Jesús de Perceval. Asimismo, se le concedió el Premio Bayyana en 1981 y fue galardonado como Popular del Año por Radiocadena COPE en 1992. Fue nombrado Ideal del año por parte del periódico Ideal en 1994 y tuvo el reconocimiento de los libreros de Almería durante los actos de la Feria del Libro celebrados en 1997. En el año 2000 fue elegido entre los 100 almerienses más relevantes del siglo XX. En 2003 se le concedió el Premio de las Artes y las Letras del Instituto de Estudios Almerienses y recibió el Escudo de Oro de la Junta de Andalucía ese mismo año. En 2004 recibió un homenaje por parte del Ayuntamiento en Roquetas de Mar. Obtuvo el premio Posada de Ahlam-Benecid de Fondón en 2005, así como el premio Villa de Oria en 2007. En 2008 la Diputación le concedió la Medalla de Oro de la provincia y ese mismo año recibió el reconocimiento de la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios a su trayectoria literaria. En el año 2012 el Ayuntamiento de Almería le concedió el Escudo de Oro de la Ciudad.

Su último reconocimiento, poco antes de fallecer, tuvo lugar en el municipio de Arboleas, con motivo de la concesión de una calle a los amigos del escultor Pedro Gilabert, diez años después de su muerte. En representación de Julio Alfredo Egea, quien fue alcalde de su pueblo en los años 50, asistió la alcaldesa de Chirivel, Emma Sola, quien, a su vez, recogió la distinción de manos del alcalde de Arboleas, Cristóbal García.

Hablamos de experiencia y hablamos de conocimiento. De una obra que contiene profundos registros literarios. Y hablamos, muy especialmente, de sentimientos, de esencialidad y entrega por parte de un gran humanista de la palabra. La preocupación social se gesta a través de toda la obra de Julio Alfredo Egea, desde el arraigo y el fuerte compromiso. En definitiva, hablamos de honestidad poética, de testimonio vivencial, de plenitud colmada, el fruto personal de un hombre que cultivó, con generosidad, cada elemento del mensaje vivido y compartido. En esta idea, en este compromiso, el Círculo Julio Alfredo Egea, integrado por amigos del poeta, seguirá su andadura en el reconocimiento a su inmenso legado.

Fotos de Carlos Pérez Siquier (izquierda) y Rodrigo Valero (derecha).



Quirosa-Cheyrouze Muñoz Pilar





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